Ser como tus padres
Esta está siendo mi segunda semana de descanso desde que tuve mi último ataque de ansiedad.
Es verdad que lo de “descanso” es bastante relativo: sigo estudiando oposiciones y sigo dándole mil vueltas a qué debo hacer con mi vida… pero, siendo como soy, se puede decir que estoy descansando. Al menos no he vuelto a las clases de coche, que era lo que más ansiedad me estaba produciendo y por lo que acabé con el ataque de ansiedad.
En estas dos semanas en las que poco a poco estoy recuperando mi salud mental (o eso creo), he estado bastante cerca de mis padres, sobre todo de mi madre, ya que estar rodeado de personas conseguía paliar un poco la ansiedad.
En estas dos semanas, además, me he dado cuenta de que soy mucho más parecido a mis padres de lo que siempre he creído.
Es cierto que yo ya sabía que mi ansiedad venía de herencia tanto de mi familia materna como de mi familia paterna. Por ambas partes, mis familias son muy similares en forma de ser: caseros, muy sedentarios, introvertidos, de pocos amigos… y, sobre todo, muy, muy ansiosos. De ansiedad incapacitante, vaya.
Pero yo siempre he negado que la mía pudiera ser incapacitante porque yo no quería ser como mis padres. Sí, fui un adolescente edgy, qué puta vergüenza.
Yo no quería vivir en mi ciudad natal. Yo no quería no salir de casa, no abrirme al mundo, no viajar, no juntarme solo con personas de la familia… Y sigo sin querer todo eso, pero también, a mis casi treinta años, me estoy dando cuenta de que las personas somos como somos y, aunque sí exista un pequeño margen de cambio, sí tenemos rasgos muy difíciles de cambiar y, en mi caso, uno de ellos es la ansiedad incapacitante.
Siempre me he forzado a mí mismo a enfrentarme a situaciones que me daban ansiedad. Desde salir de casa a salir de fiesta, viajar, hacer un Erasmus, vivir en otras ciudades, recientemente intentar aprender a conducir… Y no me arrepiento de todas estas cosas porque la mayoría las disfruté y son experiencias que quise vivir, pero también es verdad que todas las hice con un miedo que muchas personas no tienen y que, por ende, hacía que no las disfrutase al mismo nivel que los demás o, directamente, que nos las disfrutase para nada.
Y claro que he intentado muchos métodos para intentar dejar de ser así, desde la terapia psicológica a la terapia de choque… pero es que soy así. Es que tengo ansiedad. Y mi ansiedad, por desgracia, sí es incapacitante: hay cosas que, simplemente, me destrozan a un nivel mental que no puedo superarlas y, por ello, debo aprender a evitar ciertas situaciones para, literalmente, no acabar con ataques de ansiedad.
En estas dos semanas, debido a mi estado de salud, he estado hablando mucho con mi madre sobre la ansiedad y, claro, hemos llegado a la misma conclusión que ambos ya sabíamos: heredé lo peor de la familia, y contra ello poco puedo hacer más allá de intentar vivir sin acabar en un psiquiátrico.
Y la única manera de no acabar en un psiquiátrico es lo que siempre han hecho mis dos familias: tener vidas muy, muy tranquilas y controlables.
Siempre he rechazado ese modelo de vida. No todo puede resumirse en trabajar y encerrarte en casa con tu familia: la vida no podía ser solo eso, yo necesitaba más. Pero ahora comprendo que ese modelo viene a raíz de una ansiedad que te limita a un nivel que todo lo que se salga del molde te vuelve loco, y nada merece destrozarte la salud ni física ni mental. Como dijo Dostoievski: “Tu peor pecado es que te has destruido y te has traicionado por nada”.
No digo que a partir de ahora mi vida vaya a consistir en estar encerrado en casa con mis padres y mis oposiciones: por suerte creo que, en comparación a muchos de mis familiares, yo sí soy una persona capaz de salir un poco de mi zona de confort y enfrentarme a mis miedos, y ello me ha traído ser capaz de tener amigos y hobbies… pero lo que tengo claro es que debo rebajar mi ambición si pretendo no vivir una vida que me tenga en estado de alerta todo el día.
Sigo sin tener claro qué quiero hacer con mi vida, pero tengo claro que necesito una vida tranquila.
Un trabajo metódico, que no requiera mucho contacto con personas y que no requiera liderar.
Vivir cerca de mi trabajo, porque no sé hasta qué punto voy a ser capaz de conducir el día de mañana (todavía no me recupero de la ansiedad del coche).
No sé hasta qué punto vivir en mi ciudad natal, cerca de mi familia; o, como mínimo, vivir en una ciudad donde pueda socializar y crear un entorno de personas que me puedan sostener cuando la vida se me haga bola.
Y ya está.
No es una vida tan distinta a la de mis padres… pero es que está bien que así sea. Es que, quizá, es todo lo que necesito, porque quizá no doy para más y está bien no dar para más.
